Recordar

De Ken Follett

2 de junio de 2014

(Traducción de Laura Manero Jiménez)

  

—¿Recuerda cuando todo el mundo nos tenía miedo? —preguntó el visitante.

El viejo asintió. Muchas conversaciones empezaban con el verbo recordar, se dijo.

—Los buenos tiempos —repuso.

Estaba sentado en una silla de ruedas en el salón de la residencia de ancianos. El televisor estaba encendido, pero su visita y él le daban la espalda. Miraban por el gran ventanal que se abría al jardín, donde una temprana escarcha de noviembre decoraba las hojas como azúcar espolvoreado sobre un pastel de Navidad.

Los demás residentes llevaban chaquetas de punto color beige, pantalones con la cinturilla elástica y zapatillas forradas de borreguillo, pero el viejo iba vestido con un traje azul y corbata. Puede que estuviera inválido, pero no tenía por qué parecerlo.

El volumen de la tele estaba muy alto, pero a él le gustaba. En los viejos tiempos solía subir el volumen de la radio o del televisor cuando mantenía una conversación confidencial con sus colegas. El ruido interfería con cualquier dispositivo de escucha y estropeaba las grabaciones. Nadie lo espiaba ya, desde luego, ni la CIA ni el KGB ni el Bundesnachrichtendienst. Nada de lo que dijera le importaba ya a nadie, pero de todas formas le gustaba tomar precauciones. Sentía nostalgia. Le recordaba la época en que había sido un hombre peligroso.

—No solo nos tenían miedo —añadió—. Estaban aterrorizados.

El joven asintió con la cabeza y le ofreció una sonrisa ambigua de dientes torcidos.

El visitante había entrado en la organización durante los ochenta, cuando era un chico de tez pálida salido de un bloque de alquiler de Friedrichshain. Su generación nunca había estado del todo comprometida con el régimen. Habían cuestionado las tradiciones, se preguntaban si con tortura se conseguía información fiable y si la represión no podía ser contraproducente en ocasiones. Después de la unificación había sido asimilado con toda naturalidad al cuerpo regular de policía, donde había llegado a inspector. Llevaba una americana de tweed marrón y una corbata de rayas. El vínculo con el viejo lo avergonzaba.

Entonces ¿para qué había ido a verlo?

La pregunta era preocupante. El viejo casi estaba nervioso.

Nadie le había hecho nunca una visita amable. A él no le quedaban amigos vivos. Sus padres habían muerto hacía ya mucho, y no tenía hijos. Su ex mujer lo odiaba. Tenía ochenta y ocho años y estaba solo.

Sea como fuere, el visitante no era su amigo. El viejo nunca había terminado de fiarse de él, y había impedido incluso su ascenso en tiempos. Ambos lo sabían. En todo caso, eran enemigos.

Debía de estar trabajando en un caso. El viejo luchó por contener la sensación de náusea que le causó el temor. Su vida era melancólica pero apacible. No le apetecía que lo importunaran. No quería preguntas sobre el pasado.

—Hoy en día nadie tiene miedo de la policía en Alemania —dijo el visitante con un tono que podía ser pesaroso o no—. Ni siquiera los turcos. La gente conoce sus derechos… sobre todo los delincuentes.

—Yo solía mirarlos a los ojos —recordó el viejo—. En el momento en que pronunciaba el nombre de nuestra organización. Entonces veía si eran culpables o no. Se les notaba. Los inocentes tenían miedo, por supuesto, pero de la forma en que se tiene miedo cuando se cruza uno con un perro rabioso. Los culpables… bueno, la cara que ponían era como si se hubiera adelantado el día del Juicio Final.

—Ahora ya no basta con saber quién es culpable y quién inocente. Hay que tener pruebas. No es como en los viejos tiempos. —Una vez más, su tono fue neutro, ni de aprobación ni de rechazo.

Ese hombre era un buen interrogador, delataba muy poco.

Se acercó un enfermero con un vaso de agua y un vasito de plástico con tres pastillas marrones en el fondo, como moscas muertas en un tarro.

—Hora de la medicación —dijo con alegría. Un jovencito de piel oscura con un bigotillo ralo que se llamaba Hanif.

—¿No puede esperar? —preguntó el viejo, molesto—. Estoy ocupado.

Hanif le dio el agua y el vasito de plástico sin hacer caso de su objeción. No era ninguna sorpresa. Allí, la mitad de los residentes estaban locos. A todos los trataban como a niños pequeños: se ocupaban de sus necesidades, pero nadie hacía ni caso de nada de lo que decían. Era humillante, sobre todo delante de una visita.

El viejo no miró al enfermero. Se tomó las pastillas y las hizo pasar con un trago de agua, que estaba tibia. Devolvió el vaso y el recipiente de plástico sin pronunciar palabra. Lo único que le quedaba a su orgullo era la posibilidad de ser altivo con el personal de la residencia. Eso, y el traje azul.

Hanif asintió con amabilidad y se alejó sin que le importara que lo hubieran desairado; tal vez ni siquiera se había dado cuenta.

—Tengo que hacerle unas preguntas —dijo el visitante.

—Desde luego. —El viejo sonrió para ocultar su nerviosismo—. Adelante.

El hombre se removió con incomodidad en la silla barata. Allí el mobiliario estaba tapizado con telas sintéticas y estampadas. En una residencia de ancianos todo tenía que ser fácil de limpiar.

—Es por una guitarra —dijo.

El viejo se sorprendió. Había dado por hecho que el hombre trabajaba en un asesinato. Habían muerto muchos hombres y muchas mujeres, en aquella época. El viejo nunca había matado a nadie con sus propias manos, pero sin duda podían implicarlo en varias muertes. Él, que ya se estaba preparando para contestar a las preguntas con esa clase de respuestas vagas e inútiles que obstruían un interrogatorio, se sintió entonces aliviado.

—¿Una guitarra? —repitió con incredulidad—. ¿Ha venido hasta aquí para preguntarme por una guitarra?

—Allá por 1961 destrozó usted una guitarra —dijo el visitante con un tono casi de disculpa.

El viejo lo recordaba, desde luego. Se había encontrado a un gamberro cantando canciones pop norteamericanas en plena calle.

—Ahora es una persona importante.

Por eso tenía el poder de armar tanto revuelo por un incidente tan olvidado.

—Y sigue enfadado. Muy enfadado.

—Se lo está tomando usted en serio.

El visitante consultó una libreta.

—El instrumento era una guitarra acústica Martin D-45 de cordaje metálico, conocida como una «Dreadnought» —explicó—. Fabricada en 1936. Palisandro brasileño en dorso y costados, cuerpo y mástil con incrustaciones de marfil.

—¿A quién puñetas le importa?

—En los años treinta se vendían por unos cien dólares… Un dineral, para la época.

—¿Y qué?

—Que esa guitarra valdría hoy trescientos mil euros.

Era una cantidad absurda, desde luego, pero el viejo lo creyó. Había idiotas que pagaban millones por cuadros modernos sin ningún valor, como los que podría pintar un niño. ¿Por qué no iban a gastarse trescientos mil euros en una guitarra vieja?

—¿Cómo sabe que el chico de verdad tenía una de esas?

—Conserva los papeles.

El hombre le alcanzó una hoja. Llevaba la imagen fotocopiada del recibo de una tienda de empeños de Ku’damm.

Le señaló una línea de cinco dígitos.

—Ese es el número de serie de la guitarra. La empresa Martin tiene los registros. Pueden identificar cada instrumento en concreto.

—¡Este recibo de empeño es de 1960!

—Lo guardó como recuerdo.

—Pero estas cosas prescriben. No se puede llevar a juicio un delito menor de hace tantísimo tiempo.

—Eso ya lo sabe.

—Entonces ¿qué quiere? ¿Es que piensa que puedo pagarle? —El viejo se echó a reír—. Pues que me demande.

—Quiere una disculpa. De usted y de nosotros. La policía alemana.

—¿Y a mí qué me importa? —dijo el viejo.

Pero sí le importaba, tal como comprendió entonces.

Durante todos esos años había preservado su dignidad. No había pedido perdón por ninguno de sus actos. Había sido un agente, había llevado a cabo las políticas del gobierno, había sido eficiente y meticuloso. Había hecho un buen trabajo. Rematadamente bueno.

Y había mantenido la cabeza bien alta durante todos los cambios: la caída del Muro, la reunificación, la desintegración de la Unión Soviética, el fin del comunismo. La organización a la que había dedicado su vida había acabado vilipendiada, y el edificio de su jefatura, convertido en un museo. Pero el viejo nunca había pedido perdón.

¿Y de pronto pensaban quitarle incluso eso?

—¿Una disculpa? —repitió—. Dígale que se vaya a la mierda.

—Es más probable que vaya a la prensa.

Desde la cocina llegó un leve aroma a cebolla que tapó el permanente olor a desinfectante y cera para muebles de la residencia. El viejo consultó su reloj de pulsera. Allí la comida no estaba buena, pero aun así el almuerzo era un momento destacado en la monotonía del día.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó.

El hombre se encogió de hombros.

—Que me lo explique —dijo forzando un tono de interrogatorio informal—. ¿Qué sucedió? Supongo que el chico hizo algo que provocó semejante reacción. Sin duda agredió a un agente y se resistió a su detención. Tal vez se llevó usted heridas leves en la refriega, un ojo morado y magulladuras. Es fácil imaginar que una guitarra acabe dañada en una situación así.

—No me venga con burdas tácticas de interrogatorio —soltó el viejo con aspereza—. Yo mismo las he usado miles de veces. Sé lo que se propone. Me invita a ofrecer una disculpa porque así habré confesado. —Miró a otro lado y vio que un cuervo levantaba el vuelo de una rama y se alejaba—. No soy imbécil —añadió—, solo viejo.

El hombre parecía avergonzado.

—Tenía que intentarlo.

—Supongo que sí.

—Pero ¿qué voy a decirles cuando vuelva a la oficina?

El viejo respondió a esa pregunta con otra, y así volvió las tornas hacia su interrogador.

—¿Qué más tiene, aparte del recibo?

El otro respondió a regañadientes:

—Hubo una testigo ocular, su novia.

El viejo recordaba a una chica flaca con una melena rubia, lacia y con la raya peinada en medio, que enmarcaba su rostro ovalado. Aunque tenía miedo, también se había mostrado desafiante. Hizo un gesto de indiferencia.

—No es una testigo independiente.

—Estuvo allí, lo conoce a usted y dice que rompió la guitarra.

—Con eso no basta. —Si el recibo y la testigo fueran suficiente, el hombre no habría ido a verlo, comprendió el viejo—. Necesitan una confesión mía. No pueden disculparse por el incidente si el agente involucrado niega que sucediera jamás.

—¿Lo niega?

—Sí, claro. No le quepa duda.

El visitante cerró su libreta.

—Tiene razón. He venido para ver si confesaba. Puesto que no quiere hacerlo, no tenemos suficientes pruebas para justificar una disculpa.

El viejo ocultó su alivio. Acababa de ser indultado y se rindió a la gratitud; al final no tendría que rebajarse.

Sonó un timbre y los residentes del salón empezaron a levantarse de sus asientos con gran trabajo para renquear hacia el comedor. El visitante se puso de pie.

—¿Quiere que le empuje la silla?

—Puedo yo solo —contestó el viejo con brusquedad.

Ahora que ya no estaba preocupado, le enfadaba que ese hombre hubiese ido a asustarlo.

—Como prefiera. —Se guardó la libreta en el bolsillo—. Ya han pasado veinticinco años —dijo, como para darle conversación.

—¿De qué?

—De la caída del Muro.

—Santo cielo, ¿tanto? Parece que fuera ayer.

—Para los niños es como historia antigua. —El hombre fue hacia la puerta—. Usted quedó impune.

El viejo se volvió para mirarlo y no dijo nada.

—Pero el caso no está cerrado —añadió el visitante.

El viejo levantó una ceja con un interrogante escéptico.

—Un día volveré —dijo el hombre.

—Sí —repuso el viejo—. Y un día yo estaré muerto.

 

FIN

Copyright (c) Ken Follett 2014

Traducción: Laura Manero Jiménez

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